venerdì 14 marzo 2014

Meno carne, più felici / Menos carne, más felices



Oggi rompo il ghiaccio con l’alimentazione su PuntoZen, con un argomento che mi sta a cuore e su cui ho meditato molto nell’ultimo anno. Da ragazzino ero un vero carnivoro, come per ogni italiano del nord per me un pranzo non era un pranzo se non c’era la fettina, cotoletta, braciola, arrosto o simili, abbandonati a favore del pesce solo nei venerdì di vigilia.

Poi negli anni ho ridotto di molto il consumo di carne rossa, a favore di quella bianca, pollo soprattutto. Ma l’anno scorso, per colpa di un contrattempo di salute, ho rivisto da cima a fondo la mia alimentazione. Ho investigato e ho scoperto che il buon senso ha torto sull’argomento carne.

Infatti la buona norma ce la dà la dieta mediterranea, quella vera: in base a recenti ricerche, la raccomandazione è di limitare il consumo della carne rossa a un massimo di 340-450 grammi al mese, il che equivale a una bistecca da un etto una volta a settimana, oppure un po’ di salumi un paio di volte a settimana; la carne bianca invece andrebbe mangiata un paio di volte alla settimana.

E allora, da dove ricavare le proteine? Senza arrivare all’estremo dei vegani (che comunque si nutrono solo di vegetali senza problemi) ci sono ben altre cinque fonti di proteine oltre la carne: pesce, uova, latticini, legumi e frutti secchi. La carne può essere utile in quanto contiene ferro e aminoacidi (i componenti delle proteine) più facilmente assimilabili rispetto ad altri alimenti, ma è ricca di grassi saturi, che aumentano il rischio cardiovascolare e acidificano il corpo (acido urico, perdita di calcio ecc.); i latticini vanno consumati con moderazione perché ricchi di grassi saturi come la carne rossa, e in ogni caso meglio se in forma di formaggio o yoghurt per la digeribilità; meglio il pesce, sia bianco (privo di grassi), sia azzurro (ricco di Omega 3); bene anche le uova, con moderazione per via del colesterolo.

Ma non sbaglierete mai con legumi e frutti secchi, i grandi dimenticati della cucina italiana e spagnola del benessere, quando invece erano i pilastri della dieta mediterranea prima del boom economico (insieme a frutta, verdura, cereali e olio d’oliva). I legumi non presentano controindicazioni e se ne può mangiare a volontà, meglio se combinati con i cereali per un pasto completo, come la classica pasta e fagioli o il minestrone; i frutti a guscio sono invece delle vere bombe nutritive, quasi degli integratori naturali, un regalo della natura con cui è meglio però non esagerare perché ipercalorici.

Di tutte queste alternative, la carne è la peggiore: più cara, con una digestione più pesante, spesso molto salata, condita di salse o, se ai ferri, con parti carbonizzate e quindi cancerogene; affatica fegato e pancreas, è povera di fibra e quindi nemica del transito intestinale e può aumentare colesterolo, trigliceridi e pressione (per via del sale). Per non parlare della sofferenza degli animali da allevamento e l’effetto serra che ne deriva (i bovini emettono più gas serra – come flatulenza – di tutte le automobili del pianeta)

Non siete convinti? Forse servirà un aneddoto: ai tempi di mio nonno, anche nel verde e agricolo Piemonte si andava dal macellaio solo se in famiglia qualcuno stava male, e si comprava un pezzetto di vitello “con riserva”, cioè con la clausola che, se tornando a casa si fosse trovato il familiare ristabilito, si sarebbe restituita la carne!

Volete un semplice e rapido sostituto per iniziare a cambiare abitudini? Provate un hamburger vegetale fatto in casa, a base di lenticchie. La foto è appetitosa, vero? Cinque minuti di preparazione, soddisfazione garantita. Buon appetito, e buona salute!


Hoy rompo el hielo con la nutrición en PuntoZen, con un tema que está cerca de mi corazón y sobre el que he meditado mucho en el último año. Cuando era niño yo era un verdadero carnívoro, al igual que para cualquier italiano del norte para mí una comida no era una comida si no había un filete, bistec, chuleta, asado o similares, abandonados en favor del pescado sólo los viernes, por abstinencia católica de la carne.

Luego con los años reducí en gran medida el consumo de carne roja en favor de la blanca, especialmente pollo. Pero el año pasado, a causa de un contratiempo de salud, le di una vuelta a mi dieta de arriba a abajo. Investigué y descubrí que el sentido común se equivoca en lo que a la carne se refiere.

De hecho, una buena regla nos la da la dieta mediterránea, la verdadera: según investigaciones recientes, la recomendación es limitar el consumo de carne roja a un máximo de 340 a 450 gramos por mes, lo que equivale a un filete de cien gramos una vez a la semana o un poco de embutido un par de veces a la semana; la carne blanca en cambio se debería comer un par de veces a la semana.

Entonces, de dónde obtener las proteínas? Sin llegar al extremo de los veganos (que por otra parte se alimentan sólo de vegetales sin problemas) hay otras cinco fuentes de proteínas además de la carne: pescado, huevos, lácteos, legumbres y frutos secos. La carne puede ser útil ya que contiene hierro y aminoácidos (componentes de las proteínas) más fácilmente asimilables, pero es rica en grasas saturadas, que aumentan el riesgo de enfermedades cardiovasculares y acidifican el cuerpo (ácido úrico, pérdida de calcio, etc.); los lácteos deben consumirse moderación ya que son ricos en grasas saturadas como la carne roja, y en todo caso mejor en forma de queso o yogur por la digeribilidad; mejor el pescado, tanto blanco (sin grasa) como azul (rico en Omega 3); bien también los huevos, con moderación debido a la colesterol.

Pero nunca os equivocaréis con las legumbres y los frutos secos, los grandes olvidados de la cocina italiana y española de la "abundancia", cuando en cambio eran los pilares de la dieta mediterránea antes del boom económico (junto con las frutas, verduras, cereales y aceite de oliva). Las legumbres no tienen ninguna contraindicación y se puede comer a voluntad, preferiblemente combinadas con los cereales para una comida completa, como la clásica “pasta e fagioli”, o un cocido vegetariano; los frutos secos son verdaderas bombas nutricionales, casi integradores naturales, un regalo de la naturaleza con los que, sin embargo, es mejor no pasarse, ya que son hipercalóricos.

De todas estas alternativas, la carne es la peor: más cara, con una digestión más pesada, a menudo muy salada, aliñada con salsas o, si a la parrilla, con partes chamuscadas y por lo tanto cancerígenas; cansa hígado y páncreas, es baja en fibra y entonces enemiga de tránsito intestinal y puede aumentar el colesterol, los triglicéridos y la presión (debido a la sal). Por no hablar del sufrimiento de los animales de ganadería y el efecto invernadero que de ellos procede (los bovinos emiten más gases de efecto invernaderos – en forma de flatulencia – que todos los coches del planeta).

¿No estáis convencidos? Tal vez sirva una anécdota: en los tiempos de mi abuelo, también en el verde y agrícola Piamonte se iba a la carnicería sólo si alguien de la familia estaba enfermo, y se compraba un trozo de ternera "con reserva", es decir, con la condición de que, si al volver a casa se hubiese encontrado al familiar restablecido, ¡se devolvería la carne!

¿Quereís un sustituto rápido y fácil para empezar a cambiar de hábitos? Probad una hamburguesa vegetal casera, hecha con lentejas. La foto tiene buena pinta, ¿verdad? Cinco minutos de preparación, satisfacción garantizada. ¡Buen provecho y buena salud!

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